lunes, 21 de agosto de 2017

"VIDAS PERFECTAS", de ANTONIO J. RODRÍGUEZ (reseña)

-- una reseña de Tive Martínez, 2017




Antonio J. Rodríguez dejó claro con "Fresy Cool", su excesivo debut de 2012, que él es capaz de escribir lo que quiera y como quiera. 

Aquella primera novela, verborreica hasta el cripticismo, se disfrutaba en cada relectura por puro placer. Entender qué demonios estaba pasando exactamente allí era lo de menos —por descontado— de modo que se convirtió en nuestro David Foster Wallace, y también en un William Gibson en monopatín eléctrico surcando el asfalto de Madrid.

Con "Vidas perfectas", Antonio J. Rodríguez aplica su talento —como quien no quiere la cosa— a una trama fácil de apariencia detectivesca que la emparenta con obras menores —es un decir— de autores como el Roberto Bolaño de "La pista de hielo" o el Javier Marías de "Los enamoramientos".

La nueva novela relata en primera persona los pasos cansinos de un improbable investigador amateur que pretende revelar la verdad tras el asesinato de unos conocidos, la insoportablemente perfecta pareja burguesa formada por el jugador de waterpolo Gael y la animalista Vera, aparentemente cercanos al narrador y envidiadísimos por todas sus amistades. 

Como es de imaginar, nada es lo que parece: el amargado Xavier, que ve pasar su juventud como docente en un centro privado, está más interesado en enrollarse con la hija adolescente de la pareja, una tal Mika —nombres a toda vista imposibles, que redundan en lo ridículo de la situación. Muy pronto la novela se revela sátira, llena de personajes mezquinos, despreciables, cobardes, asqueados de sus puestos de trabajo y la impostura general de su existencia, en la linea de autores como Michel Houellebecq o Virginie Despentes

La trama 'policiaca' se resolverá —como es de esperar— de cualquier manera, con la revelación de una tragedia sin importancia. ¿Qué hace que el lector avance su lectura y llegue al final, soportando la estupidez del narrador y la irrelevancia de sus opiniones sobre temas como la imagen falsa que proyectamos en redes sociales o la pederastia? Tengo un par de respuestas.

La primera es marca de la casa y juega con la expectativa del lector que cree 'conocer' la vida privada del autor Antonio J. Rodríguez, marido y padre, editor jefe. Este lector voyeur puede hacerse la ilusión de pescar referencias a personas y sucesos reales, y solazarse en este mórbido botín. 

Aunque también es cierto que los mejores momentos de la primera parte de la novela  —aquellos que ennoblecen a sus protagonistas— recuerdan a cierto viaje a Tokyo realizado por el autor y su pareja, la poeta Luna Miguel, que ésta también usa como material sensible en su último poemario "El arrecife de las sirenas". Y es que Antonio J. Rodríguez aprendió muy bien de Emmanuel Carrère cómo valerse literariamente de lo autobiográfico.

La segunda razón que se me ocurre es la introducción de un protagonista extraño justo en el momento en que el lector está tentado de abandonar la lectura, hacia mitad de la novela. La princesa Mitsuki (sic), todo y con ser el más absurdo de los personajes, es la Lisbeth Salander de "Vidas perfectas", un ente prácticamente virtual que nos conduce más allá de lo previsible. 

Mitsuki, con su apariencia inocua de Hello Kitty, salva el libro. Pero que no haya duda  —ya he dicho que Antonio J. Rodríguez es el puto amo de esta historia. Él sabe, desde el principio, que vamos a aborrecer al narrador y su cuñadismo. Cayendo en la trampa de la ficción, llegamos hasta el final redentor, de paso que la lectura atenta nos ha ido revelando  —al través, con la osadía exhibicionista de los grandes tímidos— varios de sus demonios familiares. 

-- "Vidas perfectas" de Antonio J. Rodríguez  (2017, Random House)